lunes, 23 de febrero de 2026

Bailarina bailada

Quien me conoce sabe que bailar puede ser una de las cosas que más disfrute de la vida. Es mi mar, es mi salsa, es mi lugar seguro y donde puedo explorar y ser. Qué mágico ha sido el plan del amor que aquí me fue a buscar y se coló oxigenándome de nuevo el corazón.

Te vi bailar y guardé en el cajón 1 prejuicio, 2 reproches y le quité 3 telarañas al corazón, desempolvé la ilusión y la mirada enamorada.

Sabía que eras tú porque estaría en paz si muriera cuando termine esta canción. Desaparecieron todos en el lugar y en la eternidad. No me importó más nada que tu sonrisa y esa gracia asincrónica, aún me sigues brillando y bailando en los ojos. Te abriste paso y me conquistaste la sonrisa, me abrazaste y me abrasaste a centímetros. ¡Qué danza fue contemplarte!




viernes, 3 de enero de 2025

SER



 No escribo desde hace 4 años. Ya esto es suficiente para dejarme en MUTE. 

¿Por qué no he escrito? No he escrito por aquí, pero sí en otras plataformas. Así que a practicar la COMPASIÓN conmigo y seguir adelante. 

Apuntaré conclusiones que he cosechado en estos años: Al verme al espejo veo que ser emigrante a veces es mirarte como el boxeador que sonríe directo a cámara con la boca partida y sangrante, es salir a caminar cada día con el corazón vendado. 

Ser emigrante es estar con quien no quiere estar contigo, es endurecer el rostro ante la mirada de quien te desprecia y seguir construyendo a su lado. 

Ser emigrante es transformarte en un caracol, en el caracol que lleva la casa en sus espaldas. Una casa que pesa, pero que te da calor. 

Es SER, porque desarrollas un SER EMIGRANTE, que integras en ti, que abrazas.



martes, 1 de diciembre de 2020

Lo que NO es tuyo

Los 20 minutos de hoy son para la sana queja. El último mes he encontrado varias personas de esas que “a cada solución le encuentran un problema”. De esas que si le muestras un príncipe azul no es del tono que esperaban, como dice el chiste. 

Comenzaré por compartir el hallazgo de todo esto: es justamente, esa gente, LA QUE NUNCA HA HECHO NADA. Y lo digo en alta sostenida porque son mis 20 minutos de queja. 

Mi decoración navideña tiene una sola semana y ha recibido ya quejas y demandas, justo de esas personas que nunca han puesto ni una bambalina. Algunos tenemos esa hermana que te cuestiona hasta cómo saludas a tus padres y es justo ella quien deja mucho que desear en la relación familiar. O ese amigo que quiere gerenciar tu vida mucho mejor de lo que administra la de él. 

Todos estos ejemplos, extraídos del día a día y cuya identidad hemos cambiado para protegerles, como dicen en los programas de televisión, tienen algo en común: la incapacidad de hacer y una extraordinaria capacidad de tener 20 min. de NO queja al día, las otras 23 horas y 40 minutos se dedican a la queja constante dirigida a su otredad.

Se me acabaron los 20 minutos de la sana queja. Comienzan los 20 del auto consejo: el amor es ciego, pero la compasión tiene vista de rayo láser y mira más allá de las actitudes necias. Ve que las críticas son producto de sus carencias no de las tuyas, así que no agarres lo que no es tuyo.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Un maestro inesperado

La pandemia se ha llevado mucho y ha movido mucho. Como una tormenta que arrasa una costa, se lleva lo que sobra pero al mismo tiempo remueve todo el ecosistema para la vida nueva.

Una amiga muy querida me compartía, muy conmovida, que ahora solo puede hablar con su madre por videollamada, porque es mayor y se ha ido a Tenerife para estar un poco más resguardada del COVID-19. Yo entendía su sentimiento, ya son cuatro años los que llevo hablando con mis seres queridos por videollamada; y como yo, miles de inmigrantes. La pandemia nos ha acercado en los duelos y en los afectos, nos ha removido la propia tierra, nos ha hecho migrar de nuestras estabilidades a terrenos desconocidos. 

Cada pantalla se ha transformado en un portal hacia nuestros amores. El WhatsApp es una ventanilla de confesionario y el ordenador es altar donde compartimos la eucaristía y el yoga por igual. Nuestras formas de manifestar la espiritualidad se han desdibujado y se han centrado en el esfuerzo de vivir la transcendencia más que en los medios empleados.

Cuando sabemos que un amigo está enfermo, algunos huyen de él, otros les van a llevar bollos y pantuflas; se lo dejan en el ascensor para cuidar la distancia pero, conservando la cercanía del corazón. Nos regalamos mascarillas y antibacteriales. Nos llamamos de un continente a otro para saber cómo estamos, porque vimos las noticias de la ciudad de un amigo. La amistad se muestra en los detalles, en las luchas compartidas.

La cercanía con la muerte nos recuerda lo finitos que somos, y lo pendejos que nos vemos en nuestros edificios lujosos creyéndonos omnipotentes. El COVID-19 ha dejado a la vista las arrugas de nuestro planeta, de nuestra sociedad y las grietas de nuestros sistemas. Ahora el turnos es nuestro, el ver qué hacemos con ellas; las mejoramos o las maquillamos volviendo a lo mismo.

Ha sido tiempo de pijama para muchos, pero tiempo de sudor y lágrimas para otros más. Deseo que cada uno pueda aprovechar la lección de todo lo que le ha tocado. Tengo la esperanza de que hayamos desarrollado el anticuerpo que combata la superficialidad, la frivolidad y la indiferencia.

Ya no quiero ver más películas de ciencia ficción porque ya se me están pareciendo a las premoniciones de pitonisas disfrazadas de cineastas. Seguimos conviviendo con este maestro inesperado. 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Mudarnos

Me está costando mucho escribir, mientras muchas ideas me van dando vuelta en el cabeza. Está sucediendo demasiado en este año 2020 que pareciera ser un siglo. No quiero caer en lugares comunes y quiero ser franca. Este año catastrófico, que nos ha puesto a prueba, que nos ha revuelto tanto, me ha dado la posibilidad de tener tiempo, de remover la tierra y va dando frutos.

¡Me he mudado!


Siempre fui muy reacia a las mudanzas. Sentía que eran sinónimo de inestabilidad, cada vez he aprendido que se trata menos de ello y más de búsqueda. Hacer de un piso de alquiler un espacio propio ha sido la tarea de estos días. Llenar su atmósfera de mi color, del olor propio, de la familiaridad; es una tarea que lleva días y paciencia.

Una amiga, muy querida, me decía: ¡Estamos agarrando como hobby esto de mudarnos! Ciertamente, hemos tenido que hacer, desempacar y rehacer tantas veces estas maletas que ya vamos tomando pericia. Vamos descubriendo que lo importante es lo que vamos dejando en los lugares que hemos habitado. Podemos vivir con pocas camisas, con unas cuantas ollas y con muchos desayunos compartidos con gente amada.

¡Tengo plantas nuevas! ¡Cuánto nos enseñan los seres vivos! Me dan la bienvenida al día con sus hojas verdes y brillantes, pero, he tenido que aprender qué les hace bien a cada una, si necesitan poca o mucha agua; porque los excesos de unas pasan como carencias para otras. Cada una me va dando señales día a día del bienestar o malestar que experimentan; para percibirlas debo dedicarles tiempos. Después de todo, todos los seres vivos: humanos, animales y plantas no somos tan distintos. Si relees este párrafo estas mismas observaciones aplican a las personas.

Seguimos pintando historias... 

martes, 31 de marzo de 2020

Somos la voz de la noche

En estos días que nos piden quedarnos en casa he pensado en quienes no pueden quedarse en casa, porque no tienen, y en aquellos que quedarse en casa les implica quizás perderla dentro de poco, cuando ya no puedan pagarla porque viven del trabajo diario.


Les comparto un texto que redacté hace semanas, cuando era otro el contexto. Hoy con más fuerza pienso en quienes inspiran este texto y deseo que los que viven del día a día, sobreponiéndose a los embates de la emigración, también puedan soportar estos días de confinamiento:



Por trabajo o por distensión últimamente he estado de noche por algunas zonas de Madrid bastante concurridas.

Hay un hecho que me llama poderosamente la atención: los vagones de metro se quedan despoblados, las plazas nigérrimas se cubren de sedientos de fiesta, los gatos se hacen pardos y se apodera el acento venezolano de toda la atmósfera. 

Pudiéramos decir que tengo un oído selectivo; pero creo que no. Camino por Puerta del Sol y un chico me ofrece una caña por entrar a un bar, su tono de voz hace que me traslade a Chacao. Un chico me ofrece un empanada en el metro "¡Son ricas empanadas venezolanas!", me dice, es gocho. Una chica va en el vagón con unas ojeras que combinan con su camisa negra y a la vídeo llamada que mantiene mientras se desploma en el asiento le dice: ¡Vieja, tranquila que estoy bien!

Los horario que pocos quieren para trabajar los que conquistamos los venezolanos sumado a la marea de emigrantes que conviven en esta acogedora ciudad. Estos espacios humildes, pero no por ello carentes de dignidad, repletos de aprendizajes.

Así como asociamos la voz de un portugués al cachito de por la mañana, a madrugar para ofrecer un pan caliente, así el acento venezolano impregna las noches madrileñas. Así somos la sonrisa que mercadean las cadenas de comida rápida y las de repartidores. 

Escribo esto mientras voy en el metro de media noche a mi casa. Yo, también, me monto en la ola de la nocturnidad laboral; es por un taller de cortometraje que imparto y me encanta, lo hace más llevadero. Dejo de quejarme porque es tarde y tengo sueño y camino agradecida hacia casa. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Limpieza


Tengo solo 4 días sin salir de casa y 3 años sin llegar a ella.
Viendo los detalles de estos días/años

Como muchos estoy aprovechando estos días para hacer limpieza: de deberes, de lista de pendientes, de hábitos y propósitos olvidados… Yo quiero hacer limpieza de textos apuntados y de ideas y pensamientos que se me han quedado dando vueltas en la cabeza.

Ya son tres años en España.

Mirando el camino recorrido hasta hoy, puedo decir: Si se te cierra una puerta, y te quedas atrapado dentro, Dios arranca el techo para que puedas mirar las estrellas, son arañazos de eternidad. La sacudida de estos años me ha permitido despojarme de tantos atavíos y recuperar mi mirada. Como persona, me ha dado tiempo de recuperarme habiendo perdido tanto. Sí, el quedarte sin “nada” (si es que alguna vez tuve algo) me ha permite volverme a mirar a los ojos con franqueza.

Qué interesante las personas que, conmigo, se han bajado de su cómoda cama con los pies descalzos y se han permitido sentir el frío del suelo, con los del suelo. Como venezolana, me he dejado de tonterías, me he puesto a andar entre la gente, a sentir el frío piso del emigrante y cuánto bien me ha hecho. 

He estado molesta muchas veces, mucho tiempo. Con las circunstancias, con mis decisiones, con las decisiones de otros. Y esto lo llevo mal, pero cada vez me repito más: ¡Que tu furia se transforme en fuerza de creación y no es un escupitajo de letras en un teclado! Todos llevamos cruces solo que algunos no las publicamos en los estados, recuerda que algunos te salpican con las tormentas de sus vasos y otros abren surcos en su alma para embaular los ríos belicosos que le recorren por dentro.

Amigos que siguen respaldando al chavismo, otros desagradecidos, otros mentirosos, otros envidiosos, otros absurdos. He aprendido a renunciar a lo que ellos se “merecen”. Hay días en los que he vivido con la tolerancia y la reconciliación que no quiero, pero es que no quiero perder más días.  Después de todo, no es necesario querer a todo el mundo ni que todo el mundo te quiera; basta con que unas cuantas personas te quieran bien. He experimentado que mientras hay unas personas que les “fastidia” estar contigo hay muchas que te están buscando, hay que dar el paso al encuentro y al perdón. Basta con “recordar sin dolor”, diría Celia, eso es el perdón.

He caminado estos años acompañada del crecimiento abrumador de las redes sociales. Que a unos les ha dado depresión, a otros trabajo, a otros traumas y a otros compañía. A mi me han permitido sentirme cerca de los que quiero, replantearme la vida y constatar la miseria humana. Me he preguntado: ¿tu hermano es tu prójimo o tu seguidor? He construido un amor, de aquí a Hong Kong. He nadado en el mar de la ironía: todos querían ser virales hasta ahora que sí llegó un virus.

Me he dejado el cabello rizado. Fue una decisión de un día para otro, de esas decisiones que no son de un día para otro. Un día de verano (así de poético, pero nada poético) estaba “sudado como pollo”, dicen aquí en España, mientras me planchaba el pelo y me miré al espejo, y me sentí un poco idiota, vi la mirada prejuiciosa que tenía hacia mi, esa que me veía mejor si tenía el cabello liso “arreglado”. Me sonó en la cabeza todos los amigos que me decían “me gustan tus rizos”, “quizás deberías de dejártelo siempre así”. Imaginé a Dios riendo y diciendo al crearme: y será rizada para recordar que hay una parte de la vida que no puede controlar, y eso está bien, eres de una parte divertida en la vida, no naciste para encajar. Y como buena millennials, a buscar en YouTube cómo tratar este cabello. Resultado: he ganado más tiempo para mi (no tengo que dedicar una hora a secarme el pelo), ya puede llover cuando quiera sin que yo salga corriendo y en profundidad me he reencontrado con una parte de mi: mi cabello me recuerda de dónde vengo y lo agradecida que estoy con mi Caribe: ¡Gracias, Papá, por ser de Barlovento, la tierra ardiente del tambor; porque soy un pan de leche con guaguancó!

En este orden de ideas: ¿Qué extraño? Extraño la playa, su verdiazul y mi conexión con la tibieza de sus arenas y de los abrazos de mi mamá. Extraño ver crecer a mis sobrinos y ver envejecer a mi papá. Este es el párrafo más corto porque es la grieta más profunda.

Si me preguntaran qué es lo más duro de estos años, diría que tener que cuidar de mi misma cuando estoy enferma. Es bien sabido que la hermana migraña me visita una vez por trimestre y, levantarme con la cabeza en la mano a hacer una manzanilla, vomitar la sopa que yo misma me hice, ha sido el balde de agua fría de la adultez. Sin embargo, me ha enseñado a darme tiempos de descanso, a entender que son señales de mi cuerpo, que también somos cuerpo. Hielo para la cabeza, despejar la mente, un automasaje, menos lácteos, una pastilla, acostarme y acordarme de mi, son alguna de las soluciones.

Han sido tres años de depurar la propia vida. De soltar y sentenciar: ¡Hay muchas cosas que ya no tengo que decir, porque ya las dije!

Por unos días todos seremos emigrantes sintiendo nuestros afectos a través de una pantalla, por unos días nos reencontraremos con nuestros espacios y tareas cotidianas, por unos días habrá tiempo. La proximidad de la hermana muerte nos reconcilia con la vida. Así vivo a este Dios de paradojas.

Seguimos en cuarentena.