En estos días que nos piden quedarnos en casa he pensado en quienes no pueden quedarse en casa, porque no tienen, y en aquellos que quedarse en casa les implica quizás perderla dentro de poco, cuando ya no puedan pagarla porque viven del trabajo diario.
Les comparto un texto que redacté hace semanas, cuando era otro el contexto. Hoy con más fuerza pienso en quienes inspiran este texto y deseo que los que viven del día a día, sobreponiéndose a los embates de la emigración, también puedan soportar estos días de confinamiento:
Por trabajo o por distensión últimamente he estado de noche
por algunas zonas de Madrid bastante concurridas.
Hay un hecho que me llama poderosamente la atención: los vagones de metro se quedan
despoblados, las plazas nigérrimas se cubren de sedientos de fiesta, los gatos
se hacen pardos y se apodera el acento venezolano de toda la atmósfera.
Pudiéramos decir que tengo un oído selectivo; pero creo que
no. Camino por Puerta del Sol y un chico me ofrece una caña por entrar a un bar, su tono
de voz hace que me traslade a Chacao. Un chico me ofrece un empanada en el metro "¡Son ricas empanadas venezolanas!", me dice, es gocho. Una chica va en el vagón con unas ojeras que combinan con su camisa
negra y a la vídeo llamada que mantiene mientras se desploma en el asiento le dice: ¡Vieja, tranquila que estoy bien!
Los horario que pocos quieren para trabajar los que
conquistamos los venezolanos sumado a la marea de emigrantes que conviven en esta acogedora ciudad. Estos espacios humildes, pero no por ello carentes de dignidad, repletos de aprendizajes.
Así como asociamos la voz de un portugués al cachito de por
la mañana, a madrugar para ofrecer un pan caliente, así el acento venezolano
impregna las noches madrileñas. Así somos la sonrisa que mercadean las cadenas de comida rápida y las de repartidores.
Escribo esto mientras voy en el metro de media noche a mi
casa. Yo, también, me monto en la ola de la nocturnidad laboral; es por un taller de cortometraje que imparto y me encanta, lo hace más llevadero. Dejo de quejarme porque es tarde y tengo sueño y camino agradecida hacia casa.
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