martes, 24 de diciembre de 2019

Mi vida en camisetas


Recuerdo con mucho cariño la primera franela que diseñé para el MJS, era gris con el estampado en negro (sí, súper básico) y el dibujo lo hice en papel con un lápiz y una regla, y de allí directo a serigrafía, muy lejos estaba yo de la digitalización.

Hoy, que ya realizamos la recolección del dinero; que superamos las distancias geográficas sumando a mucha gente buena a esta iniciativa. Hoy, que ya pasaron dos meses de tránsito por el mar, con la angustia de si lograrían superar las trabas aduaneras. Hoy, que vi a Kari sonreír con los ojos aguados; hoy, recuerdo cada una de esas franelas que han ido acompañando mi crecimiento. Mi vida narrada en camisetas.

Esta vez me senté desde mi laptop, con mi amado Illustrator, lo consulté con nuevos amigos que tienen un acento distinto al mío, que nunca han pisado Caracas, ni la Guajira pero, se esforzaron tanto o más que yo para conseguir cada euro como si fuese para los chicos de sus patios.

Esta vez le escribí, como siempre, a Karina y a Carlitos: tengoooo una idea, ¿qué tal sí... ? Y nos pusimos a trabajar juntos y así arrancó todo.
Esta experiencia tuvo sus sombras también, constante que a algunas personas les gusta hablar de superación, de metas cumplidas y bla-bla-bla... pero, las metas cumplidas de otros les amargan.

Sin embargo, siento que ha sido un espiral de bendiciones. Personas que no me conocían escribiéndome: “¿Tú eres la que está reuniendo para los chicos de Venezuela?”. Mis hermanitos migrantes, regados por el mundo: “Yasury, te transfiero los últimos dos dólares/euros que me quedan en la cuenta, es que no cobro sino a final de mes pero, espero sirva para algo”. Un repartido de Amazon llegó al cole, y al ver el mapa de Venezuela en la alcancía/húcha  preguntó: ¿Y esto?, y al responderle: “Es para unos chicos de Venezuela”;  puso 4 euros y dijo: “Allí van dos camisetas”; de seguro que era un paisano venezolano. Unos desde la sencillez dieron poco y otros desde el esfuerzo y la generosidad dieron mucho: ¡A todos gracias!

Cada mañana me topo en mis redes sociales con un chico que lleva la camiseta, con una cartelera con esa llamita de esperanza ¡Qué felicidad hacer brillar la luz en medio de nuestro pueblo! Qué gratitud con la acción de Dios.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Ser playa


Este texto tiene unas cuantas semanas merodeándome, fueron las palabras que se me quedaron trabadas en la garganta cuando en el retiro de adviento al que fui me preguntaron: ¿Dónde quieres colocar tu tienda? Metáfora que hacía referencia a dónde queremos establecer nuestra vida, nuestro ser. Yo quería responder: en la playa, y ya comento porqué, pero a las palabras se le adelantó el agua salada.

Los emigrantes son sobrevivientes de un naufragio. El revolcón de las olas que bate las arenas de un lado a otro, los destrozos y quiebres de barcos y de la fibra del fondo del mar. Nuestro mar se hizo turbio y hemos sido envestidos por la ola de la guerra, de la opresión, de la violencia, de la miseria.
Llegamos rotos y rasgados por las despedidas. Con los ojos enrrojecidos, más que por el salitre por el llanto. Con la piel tostada, no siempre por el sol, sino por los abrazos apretados que se han querido quedar allí hasta que te vean volver.

Pero, si algo es signo de esperanza para un náufrago es la playa, la playa como una promesa de tierra firme, como esa tabla de salvación a la que te aferras con uñas y dientes.
Quiero ser una persona playa. Que ha sentido el golpe del mar, que tiene la aridez de su textura pero, que brinda tibias arenas para que puedan caminar, tener un punto de apoyo, un lugar donde echarte a recobrar fuerzas, a disfrutar la brisa suave del cambio. La playa es signo de comienzo, es el comienzo de la tierra firme aunque podamos tambalear sobre ella.

Que podamos infundir al emigrante ese estado de paz que puede ser la playa, la playa como  un espacio de tregua entre la tierra y el mar; entre lo que hemos sido y empezamos a ser.
Ser playa de acogida, de arenas cálidas, de mirada cristalina y sonrisa espumeante.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Mis estrellas


“No se te caen las estrellas”, la primera vez que escuché esta frase fue de la instructora de un curso al que me estaba inscribiendo. Esa fue su respuesta cuando le dije que era comunicadora social pero, me estaba dedicando a limpiar.

He vuelto sobre este tema, otra vez: Conozco ingenieros repartidores, fotógrafos camareros, administradores taxistas, diseñadoras reposteras y médicos cocineros. Es alucinante el proceso de desdoblamiento que experimenta una persona emigrante. Hábitos, trabajo, palabras, vida; cambias y te replanteas en todas tus dimensiones.

Pero, contrario al dicho, a todo emigrante sí se le caen las estrellas, el firmamento y su cielo entero cuando dio el portazo al salir de casa, de su casa. A unos se le clavan en los pies y le dificultan el camino, les van pinchando mientras se mueven.

A mi, como a muchos, se me cayeron las estrellas en el corazón, se me cayeron en forma de arco al revés, como signo de auxilio para mi país y recordatorio de que debo mantener una sonrisa brillante, deslumbrante. La luz de las estrellas de tu firmamento se guardan en el corazón para irradiar luz en los senderos que te toque transitar.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Del desgarre a la garra


Ayer, vi a Dayana después de 8 años, ¡8 años! La penúltima vez que la vi fue con la toga, birrete y “emperifolladas” (personas no venezolanas: es arreglarse físicamente mucho) y la última vez, en un casting de trabajo.

Daya me recordó que era bueno que escribiera de nuevo, que estamos lejos (físicamente) pero, no hemos dejado de vernos ni un día y que ya no estamos para perder tiempo. Desde el 25 de agosto no publicaba y ha pasado mucho, no estamos para perder tiempo: quiero escribir.

Me he convencido estos meses que uno de los tumores que nos pueden crecer en este proceso migratorio, y en la vida en general, es la autocompasión, el colocarnos en el bando de las víctimas; de los paralizados. Ser de la sociedad de la queja, los amigos de la lamentación.

Es necesario abrazar el dolor, besar su frente como la de un ser querido antes del adiós y moverte. Sabia es la naturaleza en la que un animal cuando se ve amenazado por su depredador corre o se defiende. No lo abraza y siente como le destroza su garra. Eso pasa con el dolor del adiós a tu familia, del postergar muchos sueños, del abandonar tu zona de confort, del lanzarte a lo desconocido.

El dolor nos acompaña desde el nacimiento: indistintamente de la forma en que hayamos nacido (parto natural o cesárea) hubo llanto, hubo rasgamiento, sangre, dolor, perdida. Pero, si bien es cierto que fue necesario para la vida, no nos quedamos toda la vida en la sala de parto; entre la sangre y la placenta, no nos quedamos en el llanto del nacer sino en el reto del vivir, que en ocasiones es dolor, en otras gozo, espera, esperanza… vida.

domingo, 25 de agosto de 2019

Era necesario


Gracias, Sra. Vida, por todas las veces que me ha dicho: ¡No! ¡Jódete! Porque me has hecho más fuerte, más consciente, menos idiota.

Era necesario. 

Es necesario agradecer.

Por las veces que les partiste las rodillas a mis estúpidas certezas, las costillas a mis creencias infundadas, porque me hiciste más vulnerable y sabia.

Por las veces que me diste una patada tan fuerte que me sacó del terreno masticando sangre, pero me permitió ver desde otro ángulo el terreno. Después de todo, la sangre sabe a óxido, a hierro, a fuerza, es vida.

Gracias por las zarandeadas que me han descolocado y obligado a recolocar. Es necesario remover el terreno para que crezca la vida.

jueves, 22 de agosto de 2019

Del camino

La experiencia de hacer turismo puede tergiversarse por las redes sociales como la ilusión de acumular fotografías en lugares reconocidos: ¡Qué desperdicio!

Qué desperdicio cuando vas devorando a mordiscos superficiales la tierra que pisas. Es un desperdicio que no te logres impregnar con el alma de cada lugar que conoces, que no te des el tiempo de conectar con la esencia de cada lugar que transitas, con el humor de su gente, los sabores y olores de sus calles, los susurros de sus paredes, las señales de sus cielos, los guiños de sus palabras.

Abandonamos la profundidad del peregrino, nos deshicimos de la curiosidad del turista y nos conformamos con los delirios de falsos influencer.

Recorramos el mundo para amarlo más, no para coleccionar postales que se enmohecen, así sean digitales. Viajemos para abandonar nuestras seguridades, para reconocer la riqueza de su variedad, para teñir nuestra lengua de sus amargos y de sus dulzores, nuestra mirada de sus tonos. Frotemos nuestros pies con sus texturas, percibamos la atmósfera de sus esquinas palpitantes de vida, escuchemos las voces del camino.

Que el viajar nos haga más humanos, más humus, más de la tierra, más consciente de nuestra propia tierra, de nuestro talón que pisa la tierra.

viernes, 29 de marzo de 2019

Furia


A este texto le cambié el título cuatro veces porque con la boca partida es muy difícil modular.
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Vamos caminando con una bolsa de plásticos que cubre nuestra cara apaleada, está atada a nuestro cuello, nos asfixia.

¡Somos venezolanos!

Avanzamos con un pie a cada lado del abismo: uno en el lugar en el que estamos y otro en tu casa, porque no dejas de llamar al otro lado “la casa”, “donde mi mamá”, “en Venezuela”.

En ese abismo pululan miedos, oscuridades físicas y espirituales, frustraciones, interrogantes y soledades y allí vas haciendo de saltimbanqui en el filo del purgatorio.

Guardar silencio para no vomitar toda la tormenta que llevamos. Mirada al cielo o al suelo. Esquiva.

Estos trechos de oscuridad se me presentan como necesarios, lógicos y hasta sanadores. Nos han hecho más vulnerable, pero al mismo tiempo más comprensivos. Hemos degustado la humanidad en los huesos. Solo pido que la furia se transforme en una fuerza de creación y no en un escupitajo de letras en la red ¡No estamos solo pa´eso!
Hasta el que se arrastra no deja de avanzar.



viernes, 22 de marzo de 2019

He aprendido

Ya pasaron dos años desde que salí de Venezuela y comencé a vivir en España. Y aparentemente ese 16 de febrero pasó de este año sin pena ni gloria, pero no, este texto ha estado destilándose letra a letra y he querido compartir algunas cosas que he aprendido los días de estos dos años:

He aprendido a prescindir de tantos accesorios.

He aprendido que quizás la austeridad es una de las mejores formas de vivir. Menos puede resultar mucho más, porque te deja espacio para lo realmente esencial. Después de todo, no necesitaba tanto.

He aprendido a que el cansancio no es juego: puede consumirte la vida. Es necesario asumirlo, verlo a los ojos, tratarlo y superarlo.

He aprendido que un trabajo no define tu vida. Sí la actitud con la que lo llevas.

He aprendido que la vida te golpeará el ego tantas veces sea necesario hasta que decantes lo que realmente es importante para ti: para ti. No el deber ser, no para el mundo, no para otros ¡Para ti!

He aprendido a prestarle un poco más de atención al contenido y menos al empaque: pero en serio, entiéndase como empaque: nacionalidad, ropa, forma física, nivel educativo, lo que te “envuelve”.

He aprendido que los ancianos son un tesoro para nuestra humanidad, son la alforja que guarda nuestra memoria. Su vejez es motivo de ternura.

He aprendido que son los tiempos de Dios y no los míos. Y obviamente, yo tengo mis prisas, pero, él realmente entiende mis necesidades profundas.

He aprendido que tu tesoro es lo vivido, pero sino lo inviertes se devalúa.

He aprendido que las situaciones difíciles sacan de qué estás hecho, sacan la materia prima. En unos hay más valor que el diamante pulido, que el oro puro, en otros solo humo y polvo; pura nada, puro espejismo.

He aprendido que, si aprendes a decir gracias, lo tendrás que decir muchas veces.

Y quiero seguir aprendiendo, viviendo, al fin y al cabo, en la práctica, son sinónimos.

viernes, 15 de marzo de 2019

Máquina de la gratitud


En estos tiempos de dificultad hemos extendido nuestras manos a todos por doquier y con mal sabor, en ocasiones, tendiendo nuestras manos la hemos recogido con los dedos mordidos.

Me quedo perpleja cómo escasea la gratitud. Ayudar y ayudar y al final recibir solo la respuesta grosera de quién se queja cuando ya no puedes ayudar más, olvidado lo que has recibido con anterioridad. La memoria corta es un cáncer que nos corroe.

Para ello he decidido pensar en varias cosas que nos pudieran ayudar para ser más agradecidos:

Hazte una fotografía, más que panorámica, una fotografía 360º para que veas quienes están contigo.

Tomate un selfied llorando para que veas lo feo que te ves, y entenderás el valor de quien te vio así y aun así se quedó un rato.

Toma una tiza y escribe en una pizarra una lista de favores que has recibido y debes devolver en algún momento.

Haz una lista del amor que te han dado, sin pedirlo en ocasiones, y recuerda siempre que EL MUNDO NO TE DEBE NADA, naciste sin pedirlo y de allí para adelante solo debes esforzaste para nutrir y aportar lo que has recibido: LA VIDA.

¿Genera dolor la ingratitud?: Sí. ¿Nos vamos a cerrar como una cebolla y ponernos maloliente?: No. Considero que debemos practicar la bondad a diario, es necesaria, no importa la respuesta que recibamos pues, su respuesta habla de ellos no de ti. Ahora bien, “el amor no quita conocimiento”, como me decía Sor Yuri, por ende, NO SE QUEDE ALLÍ; ¡muévase! Hay otra mano que necesita su calor, hay mucho bien por hacer. Todo lo que se da, como el viento, en algún momento
 regresará.

sábado, 12 de enero de 2019

El don de la balacera

Cuando nuestros oídos han sobrevivido al sonido de las balas nos han hecho más sensibles al sonido del bien, del viento cuando no está herido por el metal.

Nos hizo sentir la vulnerabilidad del miedo, lo fracturables que somos y nuestra pasión por la vida. Saborear el adiós con oportunidad de volver a saludar.

Tu sueño se ha curtido con la diáspora de la pólvora. Has dudado y creído de nuevo en la humanidad. Has vivido la indefensión.

Si aún sostienes esa mirada noble y acaramelada eres mucho de amar. Eres un don que ha sobrevivido a la balacera.