He aprendido a prescindir de tantos accesorios.
He aprendido que quizás la austeridad es una de las mejores
formas de vivir. Menos puede resultar mucho más, porque te deja espacio
para lo realmente esencial. Después de todo, no necesitaba tanto.
He aprendido a que el cansancio no es juego:
puede consumirte la vida. Es necesario asumirlo, verlo a los ojos, tratarlo y
superarlo.
He aprendido que un trabajo no define tu vida. Sí
la actitud con la que lo llevas.
He aprendido que la vida te golpeará el ego
tantas veces sea necesario hasta que decantes lo que realmente es importante para ti: para ti.
No el deber ser, no para el mundo, no para otros ¡Para ti!
He aprendido a prestarle un poco más de atención al contenido
y menos al empaque: pero en serio, entiéndase como empaque: nacionalidad, ropa,
forma física, nivel educativo, lo que te “envuelve”.
He aprendido que los ancianos son un tesoro para nuestra
humanidad, son la alforja que guarda nuestra memoria. Su vejez es motivo de
ternura.
He aprendido que son los tiempos de Dios y no los míos. Y
obviamente, yo tengo mis prisas, pero, él realmente entiende mis necesidades
profundas.
He aprendido que tu tesoro es lo vivido, pero sino lo
inviertes se devalúa.
He aprendido que las situaciones difíciles sacan de qué estás
hecho, sacan la materia prima. En unos hay más valor que el diamante pulido,
que el oro puro, en otros solo humo y polvo; pura nada, puro espejismo.
He aprendido que, si aprendes a decir gracias, lo tendrás que
decir muchas veces.
Y quiero seguir aprendiendo, viviendo, al fin y al cabo, en
la práctica, son sinónimos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario