martes, 31 de marzo de 2020

Somos la voz de la noche

En estos días que nos piden quedarnos en casa he pensado en quienes no pueden quedarse en casa, porque no tienen, y en aquellos que quedarse en casa les implica quizás perderla dentro de poco, cuando ya no puedan pagarla porque viven del trabajo diario.


Les comparto un texto que redacté hace semanas, cuando era otro el contexto. Hoy con más fuerza pienso en quienes inspiran este texto y deseo que los que viven del día a día, sobreponiéndose a los embates de la emigración, también puedan soportar estos días de confinamiento:



Por trabajo o por distensión últimamente he estado de noche por algunas zonas de Madrid bastante concurridas.

Hay un hecho que me llama poderosamente la atención: los vagones de metro se quedan despoblados, las plazas nigérrimas se cubren de sedientos de fiesta, los gatos se hacen pardos y se apodera el acento venezolano de toda la atmósfera. 

Pudiéramos decir que tengo un oído selectivo; pero creo que no. Camino por Puerta del Sol y un chico me ofrece una caña por entrar a un bar, su tono de voz hace que me traslade a Chacao. Un chico me ofrece un empanada en el metro "¡Son ricas empanadas venezolanas!", me dice, es gocho. Una chica va en el vagón con unas ojeras que combinan con su camisa negra y a la vídeo llamada que mantiene mientras se desploma en el asiento le dice: ¡Vieja, tranquila que estoy bien!

Los horario que pocos quieren para trabajar los que conquistamos los venezolanos sumado a la marea de emigrantes que conviven en esta acogedora ciudad. Estos espacios humildes, pero no por ello carentes de dignidad, repletos de aprendizajes.

Así como asociamos la voz de un portugués al cachito de por la mañana, a madrugar para ofrecer un pan caliente, así el acento venezolano impregna las noches madrileñas. Así somos la sonrisa que mercadean las cadenas de comida rápida y las de repartidores. 

Escribo esto mientras voy en el metro de media noche a mi casa. Yo, también, me monto en la ola de la nocturnidad laboral; es por un taller de cortometraje que imparto y me encanta, lo hace más llevadero. Dejo de quejarme porque es tarde y tengo sueño y camino agradecida hacia casa. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Limpieza


Tengo solo 4 días sin salir de casa y 3 años sin llegar a ella.
Viendo los detalles de estos días/años

Como muchos estoy aprovechando estos días para hacer limpieza: de deberes, de lista de pendientes, de hábitos y propósitos olvidados… Yo quiero hacer limpieza de textos apuntados y de ideas y pensamientos que se me han quedado dando vueltas en la cabeza.

Ya son tres años en España.

Mirando el camino recorrido hasta hoy, puedo decir: Si se te cierra una puerta, y te quedas atrapado dentro, Dios arranca el techo para que puedas mirar las estrellas, son arañazos de eternidad. La sacudida de estos años me ha permitido despojarme de tantos atavíos y recuperar mi mirada. Como persona, me ha dado tiempo de recuperarme habiendo perdido tanto. Sí, el quedarte sin “nada” (si es que alguna vez tuve algo) me ha permite volverme a mirar a los ojos con franqueza.

Qué interesante las personas que, conmigo, se han bajado de su cómoda cama con los pies descalzos y se han permitido sentir el frío del suelo, con los del suelo. Como venezolana, me he dejado de tonterías, me he puesto a andar entre la gente, a sentir el frío piso del emigrante y cuánto bien me ha hecho. 

He estado molesta muchas veces, mucho tiempo. Con las circunstancias, con mis decisiones, con las decisiones de otros. Y esto lo llevo mal, pero cada vez me repito más: ¡Que tu furia se transforme en fuerza de creación y no es un escupitajo de letras en un teclado! Todos llevamos cruces solo que algunos no las publicamos en los estados, recuerda que algunos te salpican con las tormentas de sus vasos y otros abren surcos en su alma para embaular los ríos belicosos que le recorren por dentro.

Amigos que siguen respaldando al chavismo, otros desagradecidos, otros mentirosos, otros envidiosos, otros absurdos. He aprendido a renunciar a lo que ellos se “merecen”. Hay días en los que he vivido con la tolerancia y la reconciliación que no quiero, pero es que no quiero perder más días.  Después de todo, no es necesario querer a todo el mundo ni que todo el mundo te quiera; basta con que unas cuantas personas te quieran bien. He experimentado que mientras hay unas personas que les “fastidia” estar contigo hay muchas que te están buscando, hay que dar el paso al encuentro y al perdón. Basta con “recordar sin dolor”, diría Celia, eso es el perdón.

He caminado estos años acompañada del crecimiento abrumador de las redes sociales. Que a unos les ha dado depresión, a otros trabajo, a otros traumas y a otros compañía. A mi me han permitido sentirme cerca de los que quiero, replantearme la vida y constatar la miseria humana. Me he preguntado: ¿tu hermano es tu prójimo o tu seguidor? He construido un amor, de aquí a Hong Kong. He nadado en el mar de la ironía: todos querían ser virales hasta ahora que sí llegó un virus.

Me he dejado el cabello rizado. Fue una decisión de un día para otro, de esas decisiones que no son de un día para otro. Un día de verano (así de poético, pero nada poético) estaba “sudado como pollo”, dicen aquí en España, mientras me planchaba el pelo y me miré al espejo, y me sentí un poco idiota, vi la mirada prejuiciosa que tenía hacia mi, esa que me veía mejor si tenía el cabello liso “arreglado”. Me sonó en la cabeza todos los amigos que me decían “me gustan tus rizos”, “quizás deberías de dejártelo siempre así”. Imaginé a Dios riendo y diciendo al crearme: y será rizada para recordar que hay una parte de la vida que no puede controlar, y eso está bien, eres de una parte divertida en la vida, no naciste para encajar. Y como buena millennials, a buscar en YouTube cómo tratar este cabello. Resultado: he ganado más tiempo para mi (no tengo que dedicar una hora a secarme el pelo), ya puede llover cuando quiera sin que yo salga corriendo y en profundidad me he reencontrado con una parte de mi: mi cabello me recuerda de dónde vengo y lo agradecida que estoy con mi Caribe: ¡Gracias, Papá, por ser de Barlovento, la tierra ardiente del tambor; porque soy un pan de leche con guaguancó!

En este orden de ideas: ¿Qué extraño? Extraño la playa, su verdiazul y mi conexión con la tibieza de sus arenas y de los abrazos de mi mamá. Extraño ver crecer a mis sobrinos y ver envejecer a mi papá. Este es el párrafo más corto porque es la grieta más profunda.

Si me preguntaran qué es lo más duro de estos años, diría que tener que cuidar de mi misma cuando estoy enferma. Es bien sabido que la hermana migraña me visita una vez por trimestre y, levantarme con la cabeza en la mano a hacer una manzanilla, vomitar la sopa que yo misma me hice, ha sido el balde de agua fría de la adultez. Sin embargo, me ha enseñado a darme tiempos de descanso, a entender que son señales de mi cuerpo, que también somos cuerpo. Hielo para la cabeza, despejar la mente, un automasaje, menos lácteos, una pastilla, acostarme y acordarme de mi, son alguna de las soluciones.

Han sido tres años de depurar la propia vida. De soltar y sentenciar: ¡Hay muchas cosas que ya no tengo que decir, porque ya las dije!

Por unos días todos seremos emigrantes sintiendo nuestros afectos a través de una pantalla, por unos días nos reencontraremos con nuestros espacios y tareas cotidianas, por unos días habrá tiempo. La proximidad de la hermana muerte nos reconcilia con la vida. Así vivo a este Dios de paradojas.

Seguimos en cuarentena.