Adoradas, maldecidas, odiadas, necesitadas: las redes
sociales llegaron para quedarse. Y nosotros enredados entre pros y contras.
Veo a diario las publicaciones en redes sociales, soy de los
que se quedaron pegados en ellas. El revuelo de que todos podemos producir contenido está reordenando el mundo de las comunicaciones; para mi, es una experiencias maravillosa y alucinante de la cual debemos observar, aprender y experimentar. Sé que s
obre este tema volveré pero, deseo ir dejando algunas concreciones:
Influencers y cualquier hijo de vecino se han dedicado a
recomendar y sugerir desde trucos caseros para descongelar el pollo hasta ropa
de alta costura. Hoy asistimos a un acto maravilloso y realmente
revolucionario: el vivir la publicidad y promoción cómo un acto de
agradecimiento. El consumo se baña de cotidianidad cuando cada artista
muestra qué crema usa, qué zapatos se compró y solo dice “Gracias, Fulano, por
tu producto”.
La sobreexposición de la vida cotidiana, la necesidad de
contarlo y mostrarlo todo me descalabra un poco. Sin embargo los agradezco porque las historias de Instagram se han
transformado en una suerte de revista personal, de circuito cerrado de cámaras
de vigilancia a través de las cuales nos podemos enterar de todo lo que hacen
nuestros seres queridos (esto incluye artistas que no tienen ni idea de que
existimos pero para nosotros son nuestro "amigos").
Me da miedo la popularización de la superficialidad, el
vivir de la apariencia y de lo que se muestra más allá de lo que se es. Vivir
en una suerte de ansiedad por vivir la vida del vecino qué resulta más “cool”
que la mía, olvidando que uno fotografía y un vídeo son solo una selección de
la realidad, y tanto selección como “realidad” son claramente manipulables.
Me preocupa la aspiración del triunfo por “el batacazo” por “el golpe de suerte” gracias a que se ha
viralizado un vídeo o una fotografía tuya, éxito que por efímero y fulgurante me resulta peligroso. En contraposición a ello puede resultar las redes una vitrina de muestra para
el talento que pulula por el mundo; esto me parece “una pasada”, como dirían en Madrid, algo genial.
Pero, enciendan las alertas y no sean babeadores de teclado
observando lo que los otros hacen y viven mientras el tiempo se te pasa. Ve,
inspírate y haz. Date la oportunidad de experimentar, errar y triunfar.
Creo que asistimos a una etapa de la humanidad donde se
desdibujan los límites generacionales. Este fenómeno de las redes no es de una edad, no es
para los chicos, ellas en si son una edad, como lo fue la edad del bronce,
del hierro. Estamos en la edad de las redes, aspiro no seamos monos jugando
con hojillas.
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