A este texto le cambié el título cuatro veces porque con la boca partida es muy difícil modular.
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Vamos caminando con una bolsa de
plásticos que cubre nuestra cara apaleada, está atada a nuestro cuello, nos
asfixia.
¡Somos venezolanos!
Avanzamos con un pie a cada lado
del abismo: uno en el lugar en el que estamos y otro en tu casa, porque no
dejas de llamar al otro lado “la casa”, “donde mi mamá”, “en Venezuela”.
En ese abismo pululan miedos,
oscuridades físicas y espirituales, frustraciones, interrogantes y soledades y
allí vas haciendo de saltimbanqui en el filo del purgatorio.
Guardar silencio para no vomitar
toda la tormenta que llevamos. Mirada al cielo o al suelo. Esquiva.
Estos trechos de oscuridad se me
presentan como necesarios, lógicos y hasta sanadores. Nos han hecho más vulnerable,
pero al mismo tiempo más comprensivos. Hemos degustado la humanidad en los huesos. Solo pido que la furia se transforme en
una fuerza de creación y no en un escupitajo de letras en la red ¡No estamos solo pa´eso!
Hasta el que se arrastra no deja de avanzar.

