Gracias, Sra. Vida, por todas las veces que me ha dicho: ¡No! ¡Jódete!
Porque me has hecho más fuerte, más consciente, menos idiota.
Era necesario.
Es necesario agradecer.
Por las veces que les partiste las rodillas a mis estúpidas certezas, las costillas a mis creencias infundadas, porque me hiciste más vulnerable y sabia.
Por las veces que me diste una patada tan fuerte que me sacó del
terreno masticando sangre, pero me permitió ver desde otro ángulo el
terreno. Después de todo, la sangre sabe a óxido, a hierro, a fuerza, es
vida.
Gracias por las zarandeadas que me han descolocado y
obligado a recolocar. Es necesario remover el terreno para que crezca la vida.