sábado, 21 de junio de 2014

Contra las fechas: Las que no recibirán rosas

Estoy rodeada de mujeres fuertes, de luchas y quimeras. Tal vez por ello me duelen tanto las lágrimas de las mujeres, tal vez veo en ellas las mías que tanto me golpean.

Hablo con muchas de mis amigas a diario, con otras mujeres que tal vez no son mis amigas. Con mis amigos y otros hombres. Hay mucho cliché en la percepción que tenemos de ser mujer y hombre pero, sin duda hay mucho de verdad en el sentir que he compartido al hablar con esos seres: mujer y hombre.

Recientemente, en torno al ¡Bendito! 14 de febrero, día del amor y la amistad, de los enamorados o de la patología colectiva pude percibí mucho de esos lugares comunes, de esos miedos, de esas ansiedades. Atropelladas por peluches en la calle, deprimidas por ramos de rosas, por declaraciones de amor que no les corresponden. Pareciera algo absurdo, tonto, inclusive anticuado pero, me quedo perpleja de cuánto daño puede hacer una fecha convenida para “demostrar” el amor. Cuánto no se dice que está doliendo, cuánto el más mínimo detalle genera irritabilidad. Sin embargo, no soy yo la que enviará flores…Trataré de escribirle a las que no las recibirán:

Las que no recibirán rosas optaron por ser menos complacientes.
Las que no recibirán rosas se alejaron de ser princesas por conocer mejor el bosque.
Las que no recibieron rosas tenían más centímetros de tela.
Las que no recibieron rosas no fueron sexys o tal vez no lo fueron en el momento indicado, a destiempo o ante los ojos equivocados.
Las que no recibieron rosas escribieron más y fueron menos motivo de poemas.
Las que no recibieron rosas se conocieron más y se les descuadró los tiempos del  mundo.
Las que no recibieron rosas transformaron su corazón en Iron Man.
Las que no recibieron rosas se transformaron en su rareza.
Las que no recibieron rosas transitaron miles de pastos sin compañía y paradas de autobús. 
Las que no recibieron rosas ni roses se hicieron lentamente inteligentes… artemisales. 
Las que no recibieron rosas probaron miles de hombros y ninguna mirada.
Las que no recibieron rosas marcaron sus uñas en el papel.
Las que no recibieron rosas fueron todas suyas. 

martes, 3 de junio de 2014

Contra las fechas

El calendario se llena de fechas importantes. En un intento, a mi pensar, absurdo de distribuir nuestros amores le asignamos días a las personas. Les comparto algunas ideas en torno a esos días “especiales”. ¿Les parece que están a destiempo? Pues, de eso se trata, a veces hay que derribar las fechas.

Lo inmutable
A propósito del día de las madres...
Nuestros hijos tendrán madres tatuadas, madres con piercing, madres con mechones azul turquesa. Tendrán madres que aman a Eminem, que tuvieron novios antes de los doce años, que enamoraron a muchos gracias al Photoshop y a la Keratina y que se quedaron con quien valía la pena trasnocharse por Messenger, Facebook o Whatsapp.

Nuestros hijos tendrán madres que nunca tuvieron los secretos de la abuela en la memoria porque los guardaron en Internet. Madres que los amarán a través de mensajes de textos, que no les creerán que estén haciendo tareas cuando duren horas conectados a la computadora. Lo mejor es que nuestros hijos seguirán teniendo madres. 

martes, 14 de enero de 2014

Primera entrega

Este es un escrito pospuesto, un texto que se ha ido nutriendo del silencio de estos días. Podría comenzar de muchas formas “La solución de este país es”, “Venezuela tiene”, “estoy harta de”, “yo amo a mi país porque”.  Las resonancias que sucitan en el corazón al regresar de otro viaje al extranjero; el “pasticho mental” que vivimos en diciembre entre los resultados presidenciales y la jornadas decembrinas; la discusión acerca de la vida y la inseguridad en la que nos movemos día a día y el testimonio de Valentina Quintero, con el cual coincido ampliamente, me hacen comenzar así:

Como país tenemos un rollo de autoestima, y no es una historia rosa de autoayuda, tan comercializada hoy en día. Es un problema de estimar lo que SOMOS, lo que soy.

Viajar fuera del país para muchos es una acto de vanagloria en el que nos regodeamos de “conocer” más que otros, para otros un acto de autoflajelarse reconociendo lo mal que estamos. Sin embargo, creo que para mi ir a otro país, a otro continente, ha resultado ser un ejercicio de ver a mi país, de volverlo a ver. De descubrir que a veces, muchas para mi gusto; nos da pena ser venezolanos; tanto que, con poco agrado, abrazamos a nuestros paisanos en el exterior, que desconocemos lo que nos enorgullece, no lo conocemos siquiera, nos da pena. No es cuestión de que si somos buenos o malos, es que ya dimos por sentado que somos malos: Esta piedra le cae hasta al venezolano más optimista, conozco muchos.

            Sí, todos somos venezolanos pero, unos alegan ser “afrodescendientes”, otro “Sí, yo soy venezolana pero, mi papá es andaluz, entonces… ”, otros “bueno, realmente toda mi familia es colombiana pero, yo nací aquí” con ese nefasto “pero”  que pareciera ser un error. En el mejor caso nos creemos más caraqueños y maracuchos que venezolanos.

“Yo soy de Venezuela” es una declaración tan extraordinaria cargada de tanto romance, es una confesión casi de amor, que no suene a respuesta de Miss (en su sentido despectivo), este fragmento de tierra por construir tiene nombre de mujer, con todo lo que ello implica.

Pero, al ver a este mujer dentro de la cual habitamos pienso en las mujeres que son víctimas de violencia doméstica y cuyos silencios corean la sórdida frase “Él me pega porque me quiere”. Todos tenemos algo de ese hombre maltratador que se nos olvida recordar sus cumpleaños, conocer su música favorita y defenderla, acariciarla palmo a palmo, conocerla.

No es una discusión superficial, a mis ojos, acerca de géneros musicales, en caso de que alguien venga a hablar de que “el joropo es el mejor género del mundo”. Yo pienso que eso es sintomático solamente, porque no concuerdo con las llaneras que hablan las hazañas de un patán que tiene cuatro mujeres, las cuales he escuchado gracias a las nuevas legislaciones nacionales. Creo en la variedad de nuestra tierra, en lo que se hizo y se hace. Nunca podré borrar de mi oído un “Sabana” musitado por Tío Simón, un caballero de mi llano, cualquier repique de tambor que aflora que muchos somos costeños “blanqueaos” porque hay mucha costa en la cadera, amo ese “Ska de acá”, como diría Desorden Público, música venezolana que se hace hoy.

Coincido con Valentina Quintero, periodista venezolana a la que admiro, que a Venezuela se le ama conociéndola, específicamente a través de su geografía. Antes de anhelar la fotografía en Río de Janeiro esfuérzate por la fotografía de Río Chico, por Playa Colorada; besa el suelo del Roraima; antes de Venecia navega el Orinoco (para mi una de las experiencias que me ha hecho cuestionar profundamente mi ser venezolana); conoce la Virgen de la paz (monumento más alto de América Latina), antes de la Estatua de la Libertad. Y encontrarás malos peajes, huecos en el camino, terminales caóticos, miradas llenas de tierra pero, tendrás el CONOCER, el reenamorarte de ella, el que te duela, las ganas de quejarte con base.

Indudablemente, es más fácil cambiar un estado de Facebook que construir este país pero, allí veo la declaración de intensiones de muchos de mis seres más queridos y la palabra es el primer paso de la acción. Seguiremos comentando.