Qué desperdicio cuando vas devorando a mordiscos
superficiales la tierra que pisas. Es un desperdicio que no te logres impregnar
con el alma de cada lugar que conoces, que no te des el tiempo de conectar con
la esencia de cada lugar que transitas, con el humor de su gente, los sabores y
olores de sus calles, los susurros de sus paredes, las señales de sus cielos,
los guiños de sus palabras.
Abandonamos la profundidad del peregrino, nos deshicimos de
la curiosidad del turista y nos conformamos con los delirios de falsos
influencer.
Recorramos el mundo para amarlo más, no para coleccionar
postales que se enmohecen, así sean digitales. Viajemos para abandonar nuestras
seguridades, para reconocer la riqueza de su variedad, para teñir nuestra
lengua de sus amargos y de sus dulzores, nuestra mirada de sus tonos. Frotemos
nuestros pies con sus texturas, percibamos la atmósfera de sus esquinas
palpitantes de vida, escuchemos las voces del camino.
Que el viajar nos haga más humanos, más humus, más de la tierra,
más consciente de nuestra propia tierra, de nuestro talón que pisa la tierra.
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