domingo, 17 de noviembre de 2019

Del desgarre a la garra


Ayer, vi a Dayana después de 8 años, ¡8 años! La penúltima vez que la vi fue con la toga, birrete y “emperifolladas” (personas no venezolanas: es arreglarse físicamente mucho) y la última vez, en un casting de trabajo.

Daya me recordó que era bueno que escribiera de nuevo, que estamos lejos (físicamente) pero, no hemos dejado de vernos ni un día y que ya no estamos para perder tiempo. Desde el 25 de agosto no publicaba y ha pasado mucho, no estamos para perder tiempo: quiero escribir.

Me he convencido estos meses que uno de los tumores que nos pueden crecer en este proceso migratorio, y en la vida en general, es la autocompasión, el colocarnos en el bando de las víctimas; de los paralizados. Ser de la sociedad de la queja, los amigos de la lamentación.

Es necesario abrazar el dolor, besar su frente como la de un ser querido antes del adiós y moverte. Sabia es la naturaleza en la que un animal cuando se ve amenazado por su depredador corre o se defiende. No lo abraza y siente como le destroza su garra. Eso pasa con el dolor del adiós a tu familia, del postergar muchos sueños, del abandonar tu zona de confort, del lanzarte a lo desconocido.

El dolor nos acompaña desde el nacimiento: indistintamente de la forma en que hayamos nacido (parto natural o cesárea) hubo llanto, hubo rasgamiento, sangre, dolor, perdida. Pero, si bien es cierto que fue necesario para la vida, no nos quedamos toda la vida en la sala de parto; entre la sangre y la placenta, no nos quedamos en el llanto del nacer sino en el reto del vivir, que en ocasiones es dolor, en otras gozo, espera, esperanza… vida.

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