Ayer, vi a Dayana después de 8
años, ¡8 años! La penúltima vez que la vi fue con la toga, birrete y “emperifolladas”
(personas no venezolanas: es arreglarse físicamente mucho) y la última vez, en
un casting de trabajo.
Daya me recordó que era bueno que
escribiera de nuevo, que estamos lejos (físicamente) pero, no hemos dejado de
vernos ni un día y que ya no estamos para perder tiempo. Desde el 25 de agosto
no publicaba y ha pasado mucho, no estamos para perder tiempo: quiero escribir.
Me he convencido estos meses que uno
de los tumores que nos pueden crecer en este proceso migratorio, y en la vida
en general, es la autocompasión, el colocarnos en el bando de las víctimas; de
los paralizados. Ser de la sociedad de la queja, los amigos de la lamentación.
Es necesario abrazar el dolor, besar
su frente como la de un ser querido antes del adiós y moverte. Sabia es la naturaleza
en la que un animal cuando se ve amenazado por su depredador corre o se
defiende. No lo abraza y siente como le destroza su garra. Eso pasa con el
dolor del adiós a tu familia, del postergar muchos sueños, del abandonar tu
zona de confort, del lanzarte a lo desconocido.
El dolor nos acompaña desde el
nacimiento: indistintamente de la forma en que hayamos nacido (parto natural o cesárea)
hubo llanto, hubo rasgamiento, sangre, dolor, perdida. Pero, si bien es cierto que fue necesario
para la vida, no nos quedamos toda la vida en la sala de parto; entre la sangre
y la placenta, no nos quedamos en el llanto del nacer sino en el reto del vivir,
que en ocasiones es dolor, en otras gozo, espera, esperanza… vida.
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