Encender la computadora y
escribir.
“Nos ha pegado duro la adultez”,
comentaba con Mauxi. Sin duda, la vida se plantea como un aluvión de… de todo.
“Te extraño mamá, ya llegué a la
residencia”, “hermana, que mal que no nos vimos este fin pero, mi sentido
pésame por el perro que murió”, “ya tengo listo el apostillado del título” La
habitación se tapiza de frases con autores procedentes de distintas latitudes.
Hace días nuestra vida se ha
transformado en un muro de publicaciones en la que cada quien deja su
comentario quizás, por eso andamos buscando las miradas profundas para
anclarnos y allí sentir y sentar un hogar, que es tan efímero como un chinchorro
en la Luna.
Nos hicimos más sensibles a la
franqueza y a la fraternidad. Aprendimos a amar el modesto cariño. La amistad
es la tabla de la cual como náufragos nos aferramos en abrazos desventurados
condenados a culminar, abrazos que recordamos como puntos suspensivos.
Se desdibujó la línea: ya la casa
es oficina y la oficina patio abierto de juegos y de risa. Se almuerza el mismo
sabor y se rumea café para sentirse en casa; arrancar de cada rincón un rostro
de casa. Cada día es un reencuentro y en cada rostro familiar ya hay una
familia.
Se ha convertido en extraño el no
estar en un lugar extraño cada tres días, olvidamos cuando estuvimos todo el mes en la
misma ducha. Se ha transformado en rutinario el sentirse hospedados, será el
preámbulo que nos prepara al desarraigo, el descolocamiento que se nos ha
tatuado en el rostro.
Siempre seremos vecinos del
desconocido, mendigos de distancias, huéspedes agradecidos, nómadas de la
posmodernidad.

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