Recientemente me he topado con
varios relatos biográficos bastante maravillosos e impactantes y también, he
observado con detenimiento varias situaciones de vida propias y de personas
cercanas lo cual ha generado en mi algunas ideas sueltas que nos invitan a
soltarnos.
Es importante que se nos olvide
el miedo a hacer el ridículo, una mala costumbre que heredamos de quienes en
otrora fueron soñadores y hoy son fósiles extintos.
Y es que tenemos chantajeado al
presente con una promesa de futuro; haciéndonos especialistas en sabotearnos la
felicidad.
Quisiera que hicieras el ejercicio de cerrar los ojos y me dijeras: sino no existiera este cuerpo que nos
encierra y define, sin edades, sin colores, ni contexturas; con quién estarías
hoy, a quién elegirías, no para tomarlo de la mano porque no hay manos, sino
para tomarlo del alma para ser juntos, no estar sino SER, que se parece más a
vivir, que a simplemente el permanecer.
Me he quedado en silencio unos
minutos, cosa muy extraña en mi, para observar la pasión con la que habla la
gente que tiene pasiones y la muerte que expide en su aliento el que decidió
dejarse llevar como piedra por el oleaje. Es necesario aferrarse a la pasión
como ese impulso eléctrico que nos descontrola pero, nos catapulta, quizás
después del arrojo resultemos algo muertos, quizás se muerda el miedo, o se
muera la seguridad o el apego, algo morirá solo algo, el resto quedará vivo. No
podemos menos que vivir, no podemos, sería desperdiciar el tránsito por este
mundo. Y la pasión no es bienestar, la pasión es arrastre y desestabilización
de a ratos, es abandono del canal regular en ocasiones, es sonrisa en medio de
la tormenta de arena, es irreverencia y contraste, es levitar en el jardín.
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| ¡Gracias, Miguel Goncalves, por la volada! |

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