Una amiga muy querida me
compartía, muy conmovida, que ahora solo puede hablar con su madre por videollamada, porque es mayor y se ha ido a Tenerife para estar un poco más
resguardada del COVID-19. Yo entendía su sentimiento, ya son cuatro años los que
llevo hablando con mis seres queridos por videollamada; y como yo, miles de
inmigrantes. La pandemia nos ha acercado en los duelos y en los afectos, nos ha removido la propia tierra, nos ha hecho migrar de nuestras
estabilidades a terrenos desconocidos.
Cada pantalla se ha transformado
en un portal hacia nuestros amores. El WhatsApp es una ventanilla de
confesionario y el ordenador es altar donde compartimos la eucaristía
y el yoga por igual. Nuestras formas de
manifestar la espiritualidad se han desdibujado y se han centrado en el
esfuerzo de vivir la transcendencia más que en los medios empleados.
Cuando sabemos que un amigo está
enfermo, algunos huyen de él, otros les van a llevar bollos y pantuflas; se lo dejan en el ascensor para cuidar la distancia pero, conservando la cercanía del
corazón. Nos regalamos mascarillas y antibacteriales. Nos llamamos de un
continente a otro para saber cómo estamos, porque vimos las noticias de la ciudad de un amigo. La amistad se muestra en los detalles, en las luchas compartidas.
La cercanía con la muerte nos
recuerda lo finitos que somos, y lo pendejos que nos vemos en nuestros edificios
lujosos creyéndonos omnipotentes. El
COVID-19 ha dejado a la vista las arrugas de nuestro planeta, de nuestra sociedad
y las grietas de nuestros sistemas. Ahora el turnos es nuestro, el ver qué
hacemos con ellas; las mejoramos o las maquillamos volviendo a lo mismo.
Ha sido tiempo de pijama para
muchos, pero tiempo de sudor y lágrimas para otros más. Deseo que cada uno
pueda aprovechar la lección de todo lo que le ha tocado. Tengo la esperanza de que hayamos desarrollado el anticuerpo que combata la superficialidad, la
frivolidad y la indiferencia.
Ya no quiero ver más películas de
ciencia ficción porque ya se me están pareciendo a las premoniciones de pitonisas disfrazadas
de cineastas. Seguimos conviviendo con este maestro inesperado.

Se han desatado los fantasmas más tenebrosos de nuestro interior, el miedo va tímidamente de la mano junto a la zozobra y ambos juegan a derramar nuestro juicio por lo desconocido e inesperado. Pero día a día vamos conociéndonos más, dominamos de a poco lo que nos quita el sueño y en medio de la nada no queda otro remedio que reinventarnos mientras seguimos caminando
ResponderEliminarEsas pantuflas calentaron más el corazón que los pies. ❤️
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