Recientemente, he observado con
una fascinación casi obsesiva una escena que se ha hecho casi cotidiana para
las personas que vivimos en mi ciudad:
La comandancia ha pasado de ser
un recinto temporal para los privados de libertad a un depósito en el que se
acumulan personas en una celda que tiene ventana abierta hacia la calle,
ventana que nos permite ver a los transeúntes los ancianos, hombre, mujeres y
adolescentes que conviven en esa deterioradas cuatro paredes este amargo paso
de la vida. Sí, todos juntos y revueltos, unas tres docenas de personas.
La repulsión que siento hacia el
sistema que allí los recluye no contagia a sus personas, sí, siguen siendo personas.
Detallo sus sonrisas eventuales que se asoman por dicha ventana, sus miradas
viejas y perdidas que se postran en ese negro y enyerrado marco.
Bendigo el deseo que ha sembrado
Dios en nuestra alma de ver la bondad.
En el incomprensible, la fascinación de la novedad.
En el dictador, el hombre apasionado y embelesado por sus ideales.
En el drogadicto, la búsqueda del amor en el humo.
En el huraño, lo deleitante de la mueca que dibuja su escasa sonrisa.
En la adversidad, la delirante alegría de la irónica vida.
Dios nos bendice cuando nos ha dado
la capacidad de ver el bien.
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