lunes, 10 de octubre de 2016

Brillantes


Los últimos días he estado rodeada de personas brillantes, sin duda siempre han estado pero, estos días han sido notorias. Ante estas personas, que solo puedo calificar de BRILLANTES, solo puedo guardar silencio, son personas que me neutralizan; no suelen venir en los envoltorios comerciales, es decir, rompieron o les faltó para llegar al 90-60-90 o a la portada de la revista pero, sin duda son mucho más interesantes y ojalá sigan abundando.

Las personas brillantes son como un terrón de sal; sí, de sal; no como uno de azúcar que nos pudiéramos llevar a la boca y disfrutar de cómo se derrite ella. Son de sal porque no pueden ser consumidas por una sola persona; deben estar disueltos entre toda la masa, en toda la sopa para poder dar gusto y no repugnar; por eso quizás su dificultad para relacionarse con amigos y amores; sus espasmos de silencio y amargura;  sus manías, y a veces hasta parecieran causar ese escozor de la sal en la heridas; he allí  la incomodidad en la cercanía, la sequedad y la brillantes.

La sencillez

De igual forma humanizan la utilidad y la sencillez de la sal. Disfrutan de las cosas sencillas: un pan dulce, una conversa en una silla de mimbre, un LP de acetato, una comida bien hecha,  un café en aquella cuadra a la que solían ir con su papá de niños, se quedan detenidos en una línea de texto, en una textura, en un cuadro aparentemente vacío. Creen y viven el "lees is more" ("menos es más").

Las personas brillantes se reconocen por los ojos. Mirar en ellos es caer en un abismo de posibilidades en el que te sientes trágicamente a gusto.


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