Y al final de la vida seremos
juzgados por el amor que hayamos dado: es una línea del Evangelio que, parafraseada,
se me instaló en el alma desde hace muchos años. Y en nombre del amor hacemos cada
tontería que en algún momento tendríamos que pedirle perdón.
No me deja de dar
vueltas en la cabeza, hace poco más de un año, este texto “Ames a quien ames, Madrid te
quiere”, lema usado por la comunidad de Madrid para la celebración del Orgullo
LGTB. ¡Qué texto! No dejo de releerlo en cada esquina y aplaudo el esfuerzo de
Madrid por abrazar a todos, con franqueza.
Mi postura personal ante la homosexualidad
está bastante cruda, me parece. Ante los homosexuales sí es clara: la persona es
prioridad por sobre todas las cosas. No tengo la mano lo suficientemente limpia
como para señalar a nadie.
Siempre escudriño las
motivaciones por las que han asumido esta postura ante la vida..., y siempre
derivo en lo mismo: los seres humanos somos como una jauría hambrienta en
búsqueda de amor. A lo que cada uno considera amor póngale el relleno que
quiera y arranque el debate sobre la sexualidad en nuestros tiempos.
A unos y otros solo les digo,
como le dije a uno de mis mejores amigos en una ocasión: ¡Aléjate de la
promiscuidad como de la peste!, es una llaga que te corroe cuando deambulas
buscado en otros, en muchos, el amor que debes descubrir en ti.
Es un boceto de opinión coherente
con mi código moral. Me atrevo a decir que soy de una fe de minorías, de gente
al margen, de los alejados y los disonantes. Una fe que, de ello, hace respeto,
inclusión, encuentro y variedad. No dejo de pensar a Jesús acercándose a todos,
a todos. A su mesa y a la salvación que ganó para la humanidad estamos llamados
todos.
Franqueza, juicios congruentes,
decisiones conscientes nos demanda la actualidad que vivimos. Las opiniones
encabezadas, acantonadas y empolvadas no nos sirven. Sigamos pensando.
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