viernes, 24 de enero de 2020

Un borrador de opinión


Y al final de la vida seremos juzgados por el amor que hayamos dado: es una línea del Evangelio que, parafraseada, se me instaló en el alma desde hace muchos años. Y en nombre del amor hacemos cada tontería que en algún momento tendríamos que pedirle perdón.

No me deja de dar vueltas en la cabeza, hace poco más de un año, este texto “Ames a quien ames, Madrid te quiere”, lema usado por la comunidad de Madrid para la celebración del Orgullo LGTB. ¡Qué texto! No dejo de releerlo en cada esquina y aplaudo el esfuerzo de Madrid por abrazar a todos, con franqueza.

Mi postura personal ante la homosexualidad está bastante cruda, me parece. Ante los homosexuales sí es clara: la persona es prioridad por sobre todas las cosas. No tengo la mano lo suficientemente limpia como para señalar a nadie.

Siempre escudriño las motivaciones por las que han asumido esta postura ante la vida..., y siempre derivo en lo mismo: los seres humanos somos como una jauría hambrienta en búsqueda de amor. A lo que cada uno considera amor póngale el relleno que quiera y arranque el debate sobre la sexualidad en nuestros tiempos.

A unos y otros solo les digo, como le dije a uno de mis mejores amigos en una ocasión: ¡Aléjate de la promiscuidad como de la peste!, es una llaga que te corroe cuando deambulas buscado en otros, en muchos, el amor que debes descubrir en ti.

Es un boceto de opinión coherente con mi código moral. Me atrevo a decir que soy de una fe de minorías, de gente al margen, de los alejados y los disonantes. Una fe que, de ello, hace respeto, inclusión, encuentro y variedad. No dejo de pensar a Jesús acercándose a todos, a todos. A su mesa y a la salvación que ganó para la humanidad estamos llamados todos.

Franqueza, juicios congruentes, decisiones conscientes nos demanda la actualidad que vivimos. Las opiniones encabezadas, acantonadas y empolvadas no nos sirven. Sigamos pensando.

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